¿Realmente lo necesitas? Jazmín

La primera vez que oí hablar del ya famoso «Black Friday», fue en Washington DC, en el 2005.
Acabábamos de pasar unos días increíbles en la que aún me parece una de las ciudades más especiales que he visitado, y de repente, tras la cena de Acción de gracias, esa ciudad se transformó.
Aquellas calles que me habían parecido mágicas, ese aire gris y frío que posiblemente recuerde de manera completamente subjetiva, dieron paso a riadas de gente agolpada contra los escaparates de las tiendas, aguantando colas interminables para comprar electrodomésticos a precios de risa. La imagen de ciudad encantada que había creado en mi cabeza, cayó en diez segundos.
La globalización es imparable, y he aquí otra moda norteamericana que tenido a bien copiar, aunque con una ligera diferencia: los descuentos en EEUU alcanzan el 80%, mientras que hoy, en las tiendas colgaban carteles de un veinte.
A todos nos pierden las gangas, a mí la primera (si no fuera un ser material, no andaría pateando este planeta), pero resulta curioso que una mera campaña publicitaria disfrace lo que realmente está ocurriendo: comprar cuando no lo necesitas, atrapados por carteles en los escaparates.
Mi amada Gran Vía ha perdido sus grandes cines y su mítica tienda de música, inundada ahora por gigantes marcas comerciales.

En toda esta locura material, el movimiento de las mini casas, la práctica extendida del yoga y el Reiki, el sistema de ordenación de Marie Kondo, abren una ventana de luz para recordarnos que se necesita realmente poco para ser feliz.
Sólo hay que ver la cantidad de juguetes para animales que hay en el mercado, y que ellos ignoran a los tres minutos de haberlos traído a casa: ellos quieren compartir tiempo con nosotros, y no con una cuerda que gira sobre sí misma… bueno, la caja en la que vienen sí es bien recibida.

¿Intentamos llenar un vacío en nuestro interior, y taparlo con treinta pares de zapatos o un móvil de mil euros? ¿Nos dejamos arrastrar por una sociedad material, que calla nuestro ser espiritual? ¿Qué nos preocupa más, el triunfo profesional con jornadas de doce horas, o cultivarnos como personas?
Hay muchas flores en las que podría pensar en casos así: Cherry Plum para esas compras compulsivas y sin orden, Agrimony para entender qué estamos tapando… Y otra maravillosa, tanto en su olor como en su forma de esencia florar: el jazmín.

Se suele utilizar más a nivel físico, por sus propiedades sobre las mucosas, el sistema inmune y la asimilación de alimentos. Pero a nivel emocional, el jazmín nos ayuda a encontrar nuestro propio camino, y lo limpia de obstáculos materiales que no necesitamos. En palabras de D. Pedro López, nos sirve «para volver a conectar al ser humano con su nivel más esencial».
Muchas veces no somos conscientes de cómo la sociedad nos arrastra, y de cómo nuestro verdadero ser queda disuelto en ella. Cada día veo a profesionales que se quejan de lo agotados que están, de cómo sufren porque la ambición profesional ha hecho que apenas tengan tiempo para ellos… pero es un camino del que no salen, porque parece que cada vez hay que comprar pisos y coches más grandes, realizar viajes de lujo, y adquirir un despacho en la misma planta que el CEO de la empresa.

La esencia de jazmín nos permite despertar, detener ese ruido exterior, y conectar con lo más sagrado de nosotros.
Mojito hizo algo parecido una vez conmigo. Le había comprado un super juguete, porque pasaba demasiadas horas trabajando y quería que estuviera entretenido; cuando se lo abrí, se sentó encima, me miró y saltó sobre mis hombros. Nunca nadie me ha dicho de una forma más explícita «lo que necesito es tenerte conmigo».

Tenemos la capacidad de romper los patrones materiales establecidos, de diseñar nuestra vida según nuestros propios deseos, de crear nuestra propia realidad. Esa es la auténtica magia del ser humano, siempre podemos reinventarnos.

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