Pequeño manifiesto personal

Son muchas las personas preocupadas por la protección animal, que a menudo caen en el sentimiento de ira o rabia al ver ciertos actos hacia nuestros compañeros no humanos.
Sinceramente, es un sentimiento más que normal, pero sin ánimo de crítica a nadie, creo que no es ese el camino que nos muestran los animales. Sentirlo es inevitable, todos pasamos por él, pero regodearse es opcional.
Conceptos como “justicia”, sólo pertenecen al ser humano. Los animales están por encima de términos tan irreales y pequeños, ellos ven la foto completa.
Si mi Gran jefe Horus, abandonado con 18 años, no albergó odio en su corazón y eligió seguir viviendo, confiando en los humanos, ¿quién soy yo para odiar, si sólo puedo atisbar una mínima parte de su sabiduría?
Magníficos y regios animales como los toros de lidia son torturados cada día en este país, al son de una música que tapa su dolor. El camino rápido es desear que la tierra se trague a quienes están en la plaza, pero eso no cambiaría nada, nacerían nuevas personas que volverían a hacerlo, las mismas personas que maltratan a perros o cazan por diversión.
Podríamos centrarnos en estas imágenes, y caer en estados que sólo esencias como Holly, Sabila o el Ágave real pueden aliviar.
He estado más de una vez en ese punto, y no he conseguido nada, sólo aumentar el cortisol en vena y la oscuridad a mi alrededor durante mucho tiempo.
Ahora, aún estando a años luz de la evolución  de mis compañeros de cuatro patas, he decidido agachar las orejas y pedirles que me guíen.
He decidido seguir sus enseñanzas, entender que hay quienes no saben hacerlo de otro modo, y procurar cambiar su conciencia. Y cuando ese cambio no sea posible, simplemente centrarme en el animal y en trabajar para mejorar su situación, entendiendo que hay algo mayor a todos nosotros. Es ese algo mayor quien hará justicia, porque no es algo que le corresponda a la humanidad.
¿Qué nos corresponde entonces? Aprender de estos maestros del reino animal, desde los gatos a las ballenas y las abejas, y desde la humildad, entender que estamos viendo sólo una ínfima parte de una pieza mayor.
Quizá así podamos ver esa foto completa y seamos capaces de transformar conciencias.
Existe esperanza para este planeta, y la solución es tan sencilla como seguir el ritmo de la naturaleza. La única dificultad es aceptar que nos hemos equivocado, y que no somos sino alumnos primerizos de huellas que han recorrido ya muchos caminos.
Namaste
(Dedicado a mi anciano guerrero, que ahora vuela junto a los halcones del cielo, y me cuida sobrevolando mi cabeza)

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