Palabras para liberar la rabia. Holly

Trabajar con personas y animales brinda la oportunidad de descubrir cosas increíbles sobre el género humano, cómo nos relacionamos con los que nos rodean, con la naturaleza, con nuestra historia… En mi caso supone además un increíble aprendizaje sobre mí misma, porque el proceso de desarrollo de estas personas con sus animales me permite aprender sobre el mío propio, y ver cómo consiguen sus objetivos acaba siendo un maravilloso regalo para mí.

Pero como dice el refranero, «en casa de herrero, cuchillo de palo». A veces te encuentras en tu propio entorno situaciones que se escapan de tus manos, y ves cómo personas a las que siempre has querido son el reflejo de esos comportamientos de incomprensión y abandono animal, sobre los que tanto has hablado. Gestionar la ira, la rabia, la impotencia, supone mucho más que una lección, y pasar a ser un largo aprendizaje que, quizá, se tarde demasiado en asimilar.

El pasado verano, recibí una llamada de alguien muy querido para mí, alguien que sin ser familia de sangre lo era de sentimiento, y que se había preocupado por mí incluso antes de que yo asomara el hocico por este mundo. Por una nueva circunstancia familiar, necesitaban encontrar un refugio que se hiciera cargo del gato de su hija, un precioso animal que ya entraba en su etapa de vejez.
No había ningún impedimento real para deshacerse de él, salvo una situación emocional mal gestionada y que, para buscar una válvula de escape, se había traducido en un «no podemos hacernos cargo de él».

Me ofrecí a trabajar con ellos en su propia casa, entendiendo el impacto que suponía la nueva situación familiar que tenían, pero poniendo ante ellos todas las soluciones que había. No quería emitir ningún juicio, comprendía que a veces los cambios nos sobrepasan, pero cuando menos, podemos darnos una oportunidad y ver qué opciones tenemos.
Les expliqué el impacto emocional que supondría para este gato un cambio a estas alturas, lo difícil que sería para un adulto sin raza encontrar una nueva familia.
A todo fue un no rotundo, quizá más que un no, era un «ya tenemos tomada la decisión».

Para mí, después de haber trabajado tanto tiempo con personas desconocidas que solucionaban la situación con sus animales (y con ellos mismos), ver cómo entre los míos se repetía la misma escena sin tener la oportunidad de trabajar con ellos, me generó una inmensa impotencia. Para ser sincera, no era ese exactamente el sentimiento, era algo más cercano a la ira, a la rabia…, a no querer volver a saber nada de ninguno de ellos. ¿Cómo era posible que alguien a quien admiraba tanto ignorara el dolor que su familia iba a infligir en un animal inocente, que no les había dado sino cariño?
Obviamente, tenía mucho que trabajar en mí, me quedaba más camino por delante del que imaginaba para acercarme a mi meta de ser un poquito «más animal».

Porque los animales no abandonan a los suyos. Pero tampoco albergan rencor ni ira, ellos ven la foto completa, y eso era lo que necesitaba hacer.

Creo que estuve como dos meses tomando Holly sin descanso, con el bote siempre encima por si se me disparaba el recuerdo (con Vervain por litros para calmarme). Es curioso que esta flor, el acebo, sea tan tóxica para los gatos pero ayude tanto al ser humano. El Dr Bach la consideraba la flor para la ira:

«Para aquellos a los que a veces les asaltan pensamientos de celos, envidia, venganza, sospecha[…]»

Holly nos acompaña para entender la situación de una forma más compasiva, y nos muestra cómo esos sentimientos no hacen más que mella en nosotros, endureciendo nuestros sentimientos y visión del mundo.
Desde ese sentimiento, sólo podemos perder.

Llegado este punto, sólo me quedaba trabajar en mi campo de acción: enviar Reiki al gatete para que la situación resultara lo mejor para él, visualizarle feliz con personas que le querrían siempre, y encender cada tanto una velita blanca.
Al poco supe del destino de mi amigo de cuatro patas. Le habían llevado a la casa de vacaciones, que ahora alquilaban un familiar por trabajo, así que al menos nuestro gato tenía quien le cuidara, además de un maravilloso jardín en el que despejar los morros.

Quiero pensar que todo pasa por algo, que quizá ahora haya encontrado a una persona que se ha enamorado de él incondicionalmente, para siempre; que nuestro amigo va a pasar sus últimos años en el campo, siendo el gato más feliz del planeta. Y que en la distancia, me envió esta lección para que entendiera que la rabia sólo quema a quien agarra con fuerza sus brasas, hasta que abre la mano y la deja marchar.

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