Manifiesto de un gato anciano

Las redes sociales se llenan cada tarde de animales abandonados que buscan un hogar. El abandono no entiende ni de raza ni de edad, porque veo todo tipo de fotos; aunque no todos los casos terminan igual.
Veo como los gatitos y perretes recogen cientos de comentarios y ofrecimientos, y muchos consiguen adopción en apenas horas. No me entendáis mal, me alegro tanto por los humanos que deciden abrir su hogar a un cachorro…
Pero, ¿qué ocurre con aquellos de nosotros que somos mayores, algunos ya muy muy mayores? ¿Por qué las protectoras nos miran y dicen que lo tendremos más difícil?

Sé que ya no saltamos como los peques, ni nos da por acurrucarnos en el cuello, y nuestro pelo y nuestros ojos no brillan como los suyos pero, humanos, os estáis perdiendo tanto.
Los gatos ancianos (y cualquier animal) tenemos aún mucha vida que regalar… y mucha sabiduría que ofreceros.

Hay quien dice que conllevamos gastos veterinarios, pero no entiendo bien por qué.
Mi hermana Nalita sufrió una operación grave cuando sólo tenía dos años, es algo que puede ocurrirle a cualquiera. Yo sólo me he puesto enfermo hace poco, pero Edurne vino a verme a casa y con acupuntura y craneo sacral, me he quedado fantástico; ahora hay más conocimiento sobre las terapias naturales.
Llegará un día en que ni con esas, estoy preparado, pero, ¿a cuántos gatos y personas jóvenes conocéis que han estado enfermos también?

También he escuchado que ya no queremos movernos y que somos un «problema» cuando llegan las vacaciones, aunque he descubierto que si uno quiere, siempre hay una forma de resolverlo.
El año pasado me llevaron por primera vez de veraneo; un poco rollo porque tocaba coche y transportín. Pero hicieron una comunicación conmigo para explicármelo, además de tratarme con flores, así que cuando llegó el momento, me metí en mi cesta y hasta el destino.
Cómo me lo pasé, todo el día en el jardín con el aire dándome en los morros. Quizá no vea bien y me costara un poco orientarme, pero para eso tengo mis bigotes y a mi humana para apoyarme.

Los ancianos no hacemos ruido, nos gusta sentarnos al sol o entre una manta junto a vosotros, y ronronearos cada tarde cuando llegáis a casa, para quitar todo ese estrés que habéis acumulado durante el día y que podáis dormir después como bebés. Si creéis que un cachorro os va a dar cariño, ni os imagináis el amor que podemos ofrecer nosotros.

Me paso el día acurrucado dentro de mi tiburón de peluche, esperando calentito a que mi humana regrese a casa. Me siento a su lado mirándola, acompañando hasta que se sacude toda la carga emocional que trae de ese mundo tan extraño que habéis creado. Los ancianos perdemos fuerza en el cuerpo, pero la ganamos en alma, y sabemos cómo acompañaros para daros tierra y poneros en el momento presente. Ya se han pasado los años de andar saltando por los muebles, o arañando el papel de la cocina, ahora sólo quiero paz.

Paz y latitas … qué rico.
No le hago ascos a nada, me gusta todo lo que me ponen, sólo pido que sea paté o esté blandito porque me cuesta morder; mis dientes no son lo que eran, ¡pero me quedan los colmillos si necesito usarlos!
Mi humana me da la comida con la mano muchas veces, mitad porque me cuesta agacharme y mitad porque me gusta mucho ese momento.
Quizá os cause rechazo que a un gato se le caiga la comida o haga ruido, pero debéis entender una cosa: todos vamos a alcanzar ese momento en el que necesitaremos ayuda de otro ser, porque vuestro cuerpo no responderá igual.
Es una increíble lección de humildad y de grandeza al mismo tiempo, y cuando le experimentéis, comprenderéis que todos estamos conectados en el Gran círculo, que cuando el sol sale por un extremo es porque la luna se apaga por otro.

Y comprenderéis que, cuando se cuida a otro ser, se crea un vínculo que traspasa cualquier frontera, un increíble vínculo donde quien más recibe y aprende es precisamente quien está ofreciendo la ayuda.

Mi nombre es Horus y tengo 19 años.
En 2016 perdí a mi humana y sus sobrinos decidieron llevarme a una perrera. Preguntaron en un veterinario «dónde podían dejar al gato», pero tuve suerte y me quedé en aquella clínica, hasta que mi nueva familia me adoptó.
He querido seguir viviendo y disfrutando de esta oportunidad, porque tengo mucho que enseñar a mi nueva humana, y ahora creo que al mundo.
Ayúdame y comparte, para que mi mensaje se oiga más allá de esta página. Y para que esos ancianos guerreros que esperan un hogar puedan regalar a sus nuevas familias todo el amor que llevan dentro, y que los humanos tanto necesitan.

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